viernes, 23 de octubre de 2009

Mamá, ¿Qué hace un psicólogo?

Aún recuerdo cuando mi hijo mayor estaba en pre-kinder y debía preparar un trabajo para presentar a sus compañeros acerca de qué hacían sus papás, en qué trabajaban.

La pregunta me sorprendió, porque aunque yo tenía claro lo que hacía, no encontraba las palabras precisas para explicárselo a un niño de 4 años.

Me dí cuenta que para que él entendiera, debía aferrarme a cosas, conceptos e ideas, que él comprendiera, conociera y pudiera dibujar en su mente.

Le pedí un tiempo para preparar una respuesta. A veces como padres nos apresuramos mucho en contestar las interrogantes de nuestros pequeños, quizás por temor a no mostrarnos ante ellos como ignorantes o poco sabios, lo que me parece un error, porque sólo aprenden a dar respuestas impulsivamente, y a no pensar antes de contestar.

Cuando aclaré un poco más mis ideas, le conté primero acerca de dónde podía trabajar un psicólogo, y específicamente un psicólogo de niños como yo lo era. Le conté que podía trabajar en un colegio o un Jardín infantil, como también en una consulta parecida a la de los médicos.

Le expliqué que para mí, lo más importante era que los niños se sintieran bien; con sus padres, con sus familias, con sus amigos, con sus profesores y más aún, con ellos mismos.

Tuve que tocar temas que me di cuenta, eran muy ajenos, gracias a Dios, a mi pequeño. Temas que el conocía de amigos, de cuentos que habíamos leído (son muy importantes para aumentar la gama vivencial de un niño), de programas de televisión, etc. Hablamos de los niños que tienen a sus padres separados, de los niños que se enferman y tienen que estar en hospitales, de los niños que no saben hacer amigos porque son muy peleadores o muy temerosos de acercarse a otros (aún no manejaba el concepto de timidez), de los niños que pierden a un ser querido y sufren de mucha pena, y de los niños que aunque se esfuerzan mucho no les va bien en el colegio. La verdad es que no continué más y lo dejé hasta ahí, pues no quise adentrarme en otras realidades más duras como son el maltrato y el abandono; no quise meter en su cabeza ideas que lo pudieran angustiar demasiado ya que me pareció que con lo que habíamos conversado era suficiente.

Le conté que todos estos niños, muchas veces necesitan ir al psicólogo, porque aunque sus padres los quieren mucho, no saben cómo ayudarlos, no pueden.

Para explicar esto, hice una comparación con la salud física. Conversamos de las veces que él se había enfermado, y que habíamos ido a ver a la pediatra, porque aunque yo lo quisiera mucho, el necesitaba de remedios y de alguien que supiera lo que tenía, que hubiera estudiado para ello. Le mostré que aunque es cierto que a veces el sólo tiene un simple resfrío y no necesitamos molestar a la Tía, cuando es algo grave, los papás no dudamos en llevarlos al doctor.

Mi hijo lo comprendió rápidamente y me preguntó …¿Tú ves a los niños que tienen pena?... Probablemente el sentimiento que en ese momento a él le fue más cercano, porque después de hablar de todas estas cosas difíciles que pueden llegar a sufrir los niños como él, indudablemente nos invade la pena.

Pero no lo quería dejar con ese sentimiento, pues quería compartir con él la enorme alegría que siento al realizar mi trabajo.

Le contesté… “Sí, a los niños con pena y muchas cosas más, con enojo, con vergüenza, con lata… con todas las cosas que están en nuestro corazón y queremos compartir con la alegría y el amor.”

Me fue difícil explicarle que en la vida es necesario sentir cosas buenas y no tan buenas. Que la pena y la rabia son importantes, para notar la diferencia de cuando estamos alegres.

Le dije que lo malo era cuando un niño estaba siempre triste, que nada lo hacía sentir bien, y que además si uno le preguntaba… no sabía por qué. Le conté que cuando llegaba a verme un niño así, lo primero que debía hacer para ayudarlo era entender ese porqué, pero que no era fácil… y por eso lo tiene que hacer alguien como yo, un psicólogo.

Hablamos de lo bien que me sentía cuando un niño que yo atendía se mejoraba. Cuando lograban sentirse bien con sus papás, con su familia, con sus hermanos y disfrutaban nuevamente de las cosas simples. De lo felices que estaban los niños cuando se sentían bien en el colegio, con sus compañeros y profesores. Quería que el notara lo mucho que me gusta lo que hago.

Recuerdo que terminamos esa conversación con un fuerte abrazo. Luego buscamos fotos donde se veían niños con un adulto consolándose, jugando, conversando, y escribimos en un papel lo que él había entendido, para que las tías lo ayudaran a presentar su trabajo.

Por parte de mi marido el trabajo fue bastante más sencillo, y se lo explicó en forma mucho más práctica… él es Ingeniero.

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